Diseñado por el arquitecto Alexandre-Théodore Brongniart a pedido de Napoleón, este mítico cementerio fue inaugurado oficialmente en 1804 pero su verdadera popularidad comenzó una década después, cuando Luis XVIII decidió trasladar allí los restos del teólogo Pierre Abelard y su amante, la monja Eloise.
Gracias a esta astuta maniobra publicitaria, las tumbas pasaron, en menos de una década, de 2.000 a 33.000, obligando a las autoridades a realizar sucesivas ampliaciones que convirtieron al cementerio de cuarenta y tres hectáreas en uno de los espacios verdes más importantes de París, una verdadera ciudad con plazas, calles, avenidas y rotondas profusamente arboladas.
El novelista Marcel Proust solía realizar paseos por los soleados pasillos del cementerio para inspirarse mirando los nombres de las lápidas mientras admiraba el trabajo de los artistas que convirtieron el lugar, en palabras del historiador Christian Charlet, en un “auténtico museo de arquitectura y de escultura, con carácter funerario, al aire libre, representativo de todos los estilos, corrientes, épocas, técnicas y materiales”.
Thierry Le Roy, el guía más antiguo del lugar, explica que el estado no obliga a levantar un monumento funerario pero colocar una escultura original es una manera de garantizar la inmortalidad porque el gobierno exhuma los cuerpos de los difuntos sin descendencia pero respeta y cuida las tumbas con valor artístico.
Entre los monumentos funerarios destaca el de Allan Kardec, padre del espiritismo en Francia, que todos los días recibe flores frescas de sus seguidores gracias al mito que asegura que, apoyando la mano sobre su tumba, es posible contactarse con el Más Allá.
Otra gran atracción es la estatua de bronce en tamaño natural de Víctor Noire, un periodista de apenas veintidós años asesinado en 1870 por el primo de Napoleón III: según la leyenda, si las mujeres dejan flores en la galera colocada junto al cuerpo, recibirán una propuesta matrimonial en menos de un año.
A pocos metros de allí se encuentra la tumba de Frédéric Chopin. La historia asegura que el compositor asistió a la exhumación del cuerpo de un amigo y se dio cuenta, por las marcas y desgarraduras en el interior del ataúd, que este había sido enterrado vivo; para evitar el mismo destino pidió que, cuando él muriera, enterraran su cuerpo en Père-Lachaise pero antes le quitaran el corazón y lo enviaran a la Iglesia Santa Cruz, en Varsovia, donde todavía se encuentra.
El pintor Eugène Delacroix resultó casi tan extravagante como Chopin: su última voluntad fue ser enterrado en un ataúd hecho con lava de la región volcánica de Volvic.
Más recatado en sus gustos, Marcel Proust prefirió una simple losa de mármol negro que permanece impecable casi un siglo después de su muerte, tal vez porque está rodeada de completos desconocidos y, sin la ayuda de un guía, es difícil encontrarla.
Los mapas que se venden en la entrada permiten al turista principiante orientarse en este complejo laberinto donde, como afirmo el novelista Honoré Balzac, esta “todo París”, incluyendo luminarias como Georges Bizet, Edith Piaf, Isadora Duncan, Sarah Bernhardt, Yves Montand, Simone Signoret, María Callas, Amadeo Modigliani, Jean De La Fontaine y Molière.
Aunque el centenar de  personas encargadas de cuidar el cementerio se muestran orgullosas del interés que genera, en voz baja confirman que la tranquilidad suele terminarse cuando aparecen los admiradores de Jim Morrison, líder de la banda norteamericana The Doors.
Desde su temprana muerte en 1971, los fanáticos del cantante homenajearon a su ídolo con rituales cada vez más extravagantes (incluyendo consumir drogas y hacer el amor sobre su tumba), obligando a las autoridades a colocar una reja y un guardia permanente; paradójicamente, esta prohibición repercutió en Oscar Wilde, el segundo residente más famoso del cementerio. Según la directora del Centro Cultural Irlandés en París: “cuando restringieron el acceso a la tumba de Jim Morrison, porque era víctima de actos de vandalismo, los visitantes trasladaran su amor hacia Oscar”, como resultado, la escultura del ángel desnudo bajo la cual descansa el escritor quedo tan manchada por los besos de rouge de sus admiradores que las autoridades debieron restaurarla y protegerla bajo un vidrio de dos metros a un costo de sesenta mil euros.
Más allá de su costado frívolo, promovido por el interés de los turistas extranjeros en las celebridades, para los franceses, Père-Lachaise encarna  el recuerdo de algunas de sus luchas más importantes: frente a uno de los muros del cementerio fueron ejecutados, en 1871, un centenar de partidarios de la Comuna de París y, cerca de allí, se encuentra el sitio donde fueron enterrados los ciudadanos caídos durante la ocupación nazi, los soldados muertos durante la Segunda Guerra Mundial y los judíos asesinados en el Holocausto.
Otras voces, otros ámbitos.
El cementerio es tan vasto que permite al visitante  armar paseos alternativos a los tradicionales: el recorrido egipcio, por ejemplo, está dedicado a las tumbas de todos los militares y científicos que participaron de las campañas de Napoleón a orillas del Nilo en el siglo XIX, incluyendo a Jean-Francois Champollion, famoso por haber descifrado la escritura jeroglífica; el circuito artístico abarca figuras de la talla de Dominique Ingres, Amadeo Modigliani y Georges Seurat; el paseo Balzac muestra cada una de las tumbas que el escritor uso como inspiración para crear más de doscientos personajes.
Como aseguran los guías, nadie puede quedar indiferente ante Père-Lachaise  porque cada nación cuenta, al menos, con una figura relevante enterrada allí: los guatemaltecos tienen a Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de literatura; los japoneses al pianista Ken Sazaki, los iraníes al poeta Sadegh Hedayat, los argentinos al escritor Juan José Saer…
Con más de dos siglos de existencia y millones de personas recorriendo cada año sus pasillos, el lugar todavía guarda secretos, como descubrió el novelista Osvaldo Soriano una tarde que buscaba a Oscar Wilde y encontró la tumba de un compatriota con una curiosa inscripción: “Julio Carrié. Agente confidencial del gobierno argentino. 1857-1910”.
Seducido por esta confesión pública -inédita para un hombre cuyo trabajo era guardar secretos- Soriano escribió “El ojo de la patria”, la historia de un torpe e ineficaz espía llamado Julio Carré…
Tal vez por eso, otro novelista, el británico J. G. Ballard, luego de conocer el lugar, declaró: “Una visita a Pére Lachaise suma un año de vida”. Solo es cuestión de animarse, entrar y dejarse sorprender.

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